En la familia se producen de manera natural situaciones de crisis que son propiciadas por el momento del ciclo vital, o evolutivo, por el que esté pasando la familia. Por ejemplo, cuando la familia pasa de ser una pareja sin hijos/as, a tener hijos/as, o cuando los hijos son adolescentes, o cuando crecen y abandonan el hogar familiar. Estos momentos producen desajustes que requieren de adaptaciones en las dinámicas familiares para que el crecimiento no se vea mermado.
Sin embargo, en ocasiones, durante este desarrollo del ciclo vital de la familia, el cambio o la adaptación sana, que se requiere en las relaciones familiares, tanto hacia dentro como hacia fuera del núcleo familiar, se ve bloqueada o dificultada. Aparece un síntoma. Un miembro de la familia tiene un problema que afecta a todo el sistema.
El síntoma que “porta” un miembro de la familia (el/la paciente identificado) puede estar relacionado con cualquier problema que lleva a las personas a buscar ayuda psicológica. Dependerá de cada familia y su historia. Frecuentemente tiene que ver con adicciones, fracaso escolar, depresión, duelos, ansiedad o problemas alimenticios.
Es entonces cuando se hace necesaria la terapia familiar. Sin embargo, no hace falta que vengan todos los miembros de la familia ni que todos ellos estén presentes en una misma sesión psicoterapéutica.
Si algún miembro de la familia no quiere participar del proceso no pasa nada. Se trabaja con quién pide ayuda. Un cambio en un miembro de la familia afectará a los demás y provocará cambios en el conjunto del sistema.
En algunos casos, convocaré a la familia en la misma sesión pero en otros muchos casos y por estrategia, atenderé a los miembros por separado. Por ejemplo: citando solo a los padres, o solo a los hijos/as.
En resumen, para hacer una terapia familiar eficaz no tienen por qué querer hacerlo todos, ni tener la misma disponibilidad horaria para acudir a las visitas.
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